En 1956 Don Gerado León y Doña Raquel Bernal fueron obligados a abandonar su natal Tolima, desplazados por la violencia política reinante en la época. Un día cualquiera ante un repentino aviso, tuvieron que empacar apresuradamente algún equipaje, dejando atrás su hogar y su tierra junto con sus diez (10) hijos, partiendo con rumbo a algún paraje recóndito de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Un largo viaje en un barco de vapor por el Río Magdalena recorriendo la mitad de la geografía nacional, un corto presupuesto, unas chalupas, unos mulos y una larga caminata, en una jornada de varios días de camino, muchos obstáculos y dificultades superadas, los llevaron finalmente a unos 1.500 metros de altura en la Sierra Nevada de Santa Marta donde buscaron echar raíces y empezar una nueva vida.
No sería una tarea fácil, teniendo en cuenta que en dicha zona no existía carretera y en algunas ocasiones, ni siquiera caminos para los mulos o trochas para caminar. Por lo cual, tocó como dice la canción: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar". Una zona con ausencia total de servicios públicos, sin energía eléctrica y sin teléfono (situación que permanece hasta el momento), lo cual impone desafíos adicionales.
Finca El Paraíso
Conocedores de las faenas del campo, contando con experiencia previa como administradores de fincas en el Tolima, no tardaron en poder construir un pequeño capital que les permitió adquirir una tierra que bautizaron de manera premonitoria El Paraíso. Con el apoyo de sus hijos, rápidamente El Paraíso se convirtió en una finca cafetera que les permitiría establecerse permanentemente en la Sierra Nevada de Santa Marta y sacar adelante a sus hijos.
Gerardo León Bernal, uno de sus hijos varones, tenía 12 años de edad al momento de llegar a la Sierra Nevada de Santa Marta. Trabajador incansable y poseedor de una férrea voluntad, logró adquirir con el fruto de su trabajo en 1.961 el terreno vecino, denominado La Eneida, cuando apenas alcanzaba los 18 años de edad.
Contando principalmente con la ayuda de su hermano Carlos León Bernal, con mucho esfuerzo e interminables jornadas de trabajo, lograron convertir este terreno en una finca productora de café de exportación.
Para hacerlo tuvieron que alistar potreros para alimentar los mulos que facilitaban el trabajo y el transporte en la zona, pasando por abrir caminos, construir sistemas de riego, cercar, cultivar, construir casa, campamento, beneficiadero, sistema de secado de café, entre muchas otras actividades.
Luego de 10 años y una vez construida la finca, llegaba un nuevo propósito en la vida de Gerardo León Bernal: conseguir una esposa que lo acompañara en su proyecto de vida.
Para lograr dicha misión, viajó a Bogotá (la capital de Colombia) con la difícil meta de encontrar una mujer de ciudad que le gustara el campo, donde había encontrado su sustento y propósito en la vida.
Para su fortuna, sus hermanas enfermeras le presentaron a Teresa Uribe, una santandereana compañera de estudios y trabajo, enfermera de profesión, entre los cuales surgió la chispa del amor.
Para su sostenimiento en Bogotá, don Gerardo empezó a comercializar prendas de vestir, las cuales conseguía a precios de oportunidad en lugares especializados y les vendía a al personal médico y administrativo del hospital en el que trabajaba su prometida, Teresa Uribe.
La relación fructificó hasta don Gerardo le propuso matrimonio a doña Teresa, la cual no dudó en aceptar la proposición de su emprendedor galán. La propuesta de matrimonio incluía un condicionamiento de pasar el primer año de casados en la finca en la Sierra Nevada, luego del cual volverían a vivir en la ciudad.
Luego de casarse en la Sierra Nevada de Santa Marta, las circunstancias fueron llevándolos a permanecer siempre un año más en la finca, hasta que pasaron en total 45 años, tras los cuales la recién llegada Teresa Uribe de León, por su profesión de enfermera, se convirtió en la partera de la región, entre muchos otros roles, con lo que ayudó a muchas personas de la región a llegar a la vida, incluyendo a su hija, la cual se adelantó a su tiempo (siempre lo hace), naciendo en la finca en medio de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Adelantados a su tiempo, Don Gerardo y Doña Teresa, contrataron una profesora para que fuera a la finca a educar a sus hijos, técnica que hoy en día conocemos como Home School.
Llegada la necesidad de lograr una mejor educación para sus hijos, trasladaron su residencia a la ciudad de Santa Marta para que los mayores pudieran cursar sus estudios de bachillerato.
Posteriormente, con el fin que sus hijos tuvieran acceso a una mejor educación superior, trasladaron su residencia a la ciudad de Barranquilla, donde sus tres (3) hijos cursaron y culminaron sus estudios universitarios.
Durante este tiempo tuvieron que sufrir los rigores de la violencia, inicialmente por los peligros de la bonanza marimbera, durante la cual muchos campesinos fueron obligados a reemplazar sus cultivos legales por cultivos ilícitos con el fin de preservar su integridad física.
Posteriormente sufrieron el hostigamiento y la presión de grupos armados al margen de la ley, contando con la sabiduría y la protección de Dios para sobrellevar estos difíciles momentos. mientras fueron construyendo una linda familia, que ya está llegando a su cuarta generación.
Durante los últimos años, los hijos y los nietos de Don Gerardo y Doña Teresa han estado recibiendo su legado, aprendiendo gradualmente todo lo relativo al cultivo y procesamiento del café.
Una de las cosas que aprendieron sus nietos Alejandro y Sebastián, es que el café cultivado por el abuelo siempre se ha exportado a través de una red de comercializadores y tostadores, sin tener certeza del país de destino o la utilización del café, por lo que es imposible saber quien lo ha disfrutado y, a la vez, el consumidor no puede apreciar el origen específico de un café cultivado con amor, naturalmente.
Luego de haber realizado con sus padres un viaje sabático con mochilas al hombro, recorriendo y conociendo diferentes partes del mundo sin agenda ni rumbo fijo, con edades de 11 y 7 años, decidieron con el ahorro de sus alcancías, empezar a comercializar entre sus amigos, el café producido por el abuelo, contando con una gran aceptación.
Este proceso ha venido acompañado de muchas idas a la finca en la Sierra Nevada, inicialmente en mulo, ya que no había carretera sino hasta el 2019.
En estos viajes es mucho lo que han aprendido y aún mucho lo que hay por aprender del fascinante mundo del café.
Han pasado 4 años desde que inició este emprendimiento infantil, el cual ha venido tomando forma hasta llegar a este punto de crear una tienda online que permitirá que cada vez más familias en Colombia, puedan disfrutar de un café único, con historia y pasión, que contribuye con la recuperación social y económica de una zona afectada por la violencia.
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Café Artesanal. Cultivado con amor, naturalmente